miércoles, 21 de agosto de 2013

El discurso de la discapacidad

De Beatriz Gimeno


Resulta muy difícil en un artículo de estas características desmontar toda una práctica discursiva de opresión y discriminación enormemente compleja que interactúa, además, con otros discursos igualmente opresivos y complejos. Es especialmente difícil además porque mientras que los discursos y políticas de género, de raza, de clase o de sexualidad son viejos conocidos que llevan ya décadas siendo objeto de estudio y de crítica y, por tanto, casi todos nosotr@s manejamos las herramientas conceptuales que los conforman, eso no ocurre con el discurso sobre la discapacidad, que es relativamente nuevo y poco conocido en este país. Todavía es relativamente extraño que alguien, incluid@s activistas sociales o políticos, entienda que la discapacidad es un discurso y una práctica política de exclusión y de opresión y no una situación objetiva de enfermedad o de tragedia personal. En este sentido, una de las primeras dificultades con las que nos encontramos a la hora de abordar la discapacidad como discurso es que éste resulta muy difícil de aislar de otros discursos contemporáneos, especialmente de los que se refieren al cuerpo y la salud y que tienen que ser leídos ambos en el marco de los discursos generales sobre la corporalidad propios del capitalismo tardío en el que el cuerpo se configura como una metáfora del sistema social.
Los discursos sobre el cuerpo tienen en la actualidad más importancia que nunca, son más opresivos que nunca y tienen más impacto en el género que nunca. Lo social se inscribe con más fuerza que nunca en el cuerpo para convertirlo en agente y lugar de intersección del orden individual, psicológico y social y éste es el punto en que género y discapacidad confluyen. Los actuales discursos sobre el cuerpo son tan poderosos y omnipresentes que incluso el feminismo ha renunciando en parte a combatir la opresión corporal. Afirma Celia Amorós que la lucha feminista de la ética y la política se ha trasladado a la estética y que las chicas jóvenes están totalmente normativizadas desde lo estético, mientras que al mismo tiempo reciben mensajes de independencia que entran en contradicción con la situación de dominación en la que viven, de la que no pueden escapar y en la que están totalmente alienadas. Por eso, Amorós llega a decir que el empoderamiento de las mujeres será corporal o no será.
En este sentido, el discurso sobre la discapacidad es una de las maneras más evidentes y primarias de marcar la otredad a partir del cuerpo, de normativizar a partir del cuerpo Uno, que tiene que ser por definición masculino, blanco, sano, rico, consumista, etc. Podemos en este punto afirmar que el discurso de la discapacidad sobre las mujeres es una mezcla del discurso corporal capitalista y de género llevado al paroxismo. Cuerpos nada deseables, cuerpos invisibilidados, cuerpos que no pueden adaptarse a los cánones de belleza, de juventud, de salud, de energía, de movilidad. El cuerpo es símbolo de estatus a través de esas características y en ese sentido las personas con discapacidad son situadas en lo más bajo del estatus social y más abajo aún si son mujeres.
Soy consciente de que afirmar que la discapacidad no existe genera siempre polémica ya que si hay una diferencia que se inscriba sobre el cuerpo y que sea percibible a simple vista es ésta. No estoy negando, claro está, que existe el dolor o la enfermedad, o las secuelas físicas de la enfermedad, lo que denuncio es la construcción política de la desigualdad a partir de ese hecho físico, porque en un sentido estricto todos vamos a ser discapacitados. Cualquiera puede en cualquier momento sufrir un accidente de tráfico y todos vamos a ser viejos y enfermos. Todos tendremos dificultades para subir escaleras, para correr o trepar a los árboles… y para todos y todas llegará un día en que nos demos cuenta de que el mundo está diseñado para un único tipo de persona. Todos necesitaremos ayuda y todos seremos dependientes. Es la vida la que produce, de manera inexorable, un debilitamiento de las funciones básicas. Es la vida la que es discapacitante. Y si vamos un poco más allá podemos incluso afirmar que dado que el cuerpo femenino normativo (bello y joven) se ha convertido en el signo universal de la sexualidad, resulta que aquellos cuerpos femeninos imposibilitados para significar (hetero)sexualmente resultan invisibilizados, privados de su capacidad sexual y en ese sentido discapacitados. Y eso ocurre a todas las mujeres a partir de una cierta edad.
En todo caso, para comprender hasta qué punto la discapacidad es una construcción histórica baste decir que, como tantas y tantas taxonomías que pasan por naturales, la discapacidad no existía hasta el siglo XIX. Esta centuria marca el momento del ascenso de una práctica y un discurso médico que viene a sustituir, como ya sabemos, al discurso religioso imperante hasta ese momento pero ahora mucho menos apto para convertirse en fuente de legitimación en la sociedad industrial. Este nuevo discurso legitimador funciona taxonomizando todas las características humanas con el objetivo de reforzar la norma. En la Edad Media, por ejemplo, no existían las personas discapacitadas, como no existían las personas heterosexuales y, en parte, como no existían las personas blancas o negras. Existían evidentemente personas a las que les faltaba un brazo, una pierna, un ojo… pero no eran clasificadas ni entendidas como un determinado tipo de persona. Lo que hoy entendemos como discapacidad era percibido entonces como una característica personal más, que sumada a otras podía crear dificultades o no crearlas. Podía ser un inconveniente añadido en el caso de ser campesino, por ejemplo, pero no en el caso de ser noble, donde entonces no tenía ninguna significación particular. Se trataba de una característica más o menos incómoda o más o menos importante según la posición social de la persona, única clasificación realmente significativa en una sociedad estamental. El único tipo de persona diferenciado desde el punto de vista de la salud que reconocen los investigadores en esa época son los leprosos.
Pero ya en el siglo XIX la discapacidad es clasificada y asignada, como hemos dicho, al paradigma médico y desde ahí definida como tragedia personal, cuya única solución es la curación o la muerte (la desaparición). Como ocurrió con otros tipos de personas creados a partir de los discursos científicos del XIX, las personas con discapacidad comienzan a organizarse en los años 60 y aparece entonces el movimiento de liberación de las personas con discapacidad que, poco a poco, fuerza un cambio de paradigma por el que ésta pasa a ser considerada y pensada a partir del paradigma social. Es decir, no existe la discapacidad, sino que lo que existe es una sociedad discapacitante. Existen entre las personas diferencias corporales (motoras, visuales, auditivas…) que exigen, desde el punto de vista de la igualdad social y de la igualdad de oportunidades, tratamientos sociales diferenciados para personas que tienen necesidades específicas. Éste es el punto de vista que impera hoy en todo el mundo y el que comparten las asociaciones y las instituciones, aunque no sea un punto de vista compartido por eso que llamamos el “sentir general”.
No hemos conseguido en muchos años de lucha convencer o llegar siquiera a explicar que la discapacidad es unas de las prácticas políticas y de los discursos más opresivos que existen, empezando por su propia invisibilización como tal, lo que dificulta que pueda ser combatido. Esto es así por varias razones. Es, de todas las diferencias posibles, una de las más visibles, si no la que más; lo que hace que resulte imposible escapar de ella en ningún momento de la vida, en ningún aspecto, en ningún ámbito. Los gays y lesbianas pueden decidir cuándo y en qué contexto hacerlo público, y las personas de razas o etnias distintas a la mayoritaria pueden o bien pasar más o menos desapercibidas (por ejemplo, hay una enorme gradación en los colores de la piel) o bien, en todo caso, vivir dentro de sus propias comunidades, lo que hace que perciban el racismo sólo en determinadas situaciones: cuando emigran o entran en determinados contextos. Para las personas discapacitadas no existe un contexto, una situación vital, una edad, un país, una cultura… en la que nuestra diferencia no sea lo primero que se ve de nosotros y lo que nos define absolutamente. Es, simplemente, lo que somos; somos la discapacidad que tenemos.
Las propias personas discapacitadas no son conscientes de hasta qué punto están discriminadas. Es uno de los discursos más alienantes que existen. La mayoría se creen enfermos y siguen, muchos de ellos, inmersos en el paradigma medicalizado y de consideración de la discapacidad como tragedia personal. La discapacidad no es una enfermedad y por mucho que avance la medicina no existirá una sociedad sin discapacidad a no ser que haya una sociedad sin diversidad corporal o intelectual de ningún tipo. Los avances científicos no acabarán con la discapacidad porque siempre existirá alguien diverso y minoritario corporalmente susceptible de ser clasificado negativamente frente a lo que es considerado normal. No tenemos grupo social ni político de apoyo. Es decir, mientras que con respecto a cualquier otra diferencia siempre existe un grupo social o político, generalmente la izquierda, que comprende, apoya o directamente lucha por abolir determinadas discriminaciones y exclusiones, con respecto a la discapacidad, no existe ningún tipo de afinidad ideológica y el discurso opresivo está infiltrado tanto en la izquierda como en la derecha ideológica. La izquierda ha aceptado sin cuestionarlo el modelo negativo de la discapacidad como tragedia personal y como déficit. Desde el punto de vista ideológico esto es especialmente sangrante en cuanto que el modelo de la discapacidad actualmente existente es un modelo que claramente tiene que ver con los patrones capitalistas de producción y de perfectibilidad del cuerpo. Somos mercancía sin valor social que, excepto en casos heroicos, no podremos insertarnos en el modelo productivo y laboral capitalista.
Nuestra discriminación es claramente política. La identidad social de una persona con discapacidad no tiene nada que ver con una distinción biológica, sino con una situación de alienación con respecto a una organización social de la que en términos políticos y económicos sólo obtenemos opresión (inaccesibilidad a los recursos, reclusión, segregación sistemática, desvalorización cultural, exterminio…) Nadie se acuerda, por ejemplo, de los discapacitados exterminados en los campos nazis o en los campos soviéticos, o los internados y exterminados por Ceaceascu en Rumanía, o en Australia ya en la segunda mitad del siglo XX, o los experimentos de la CIA con personas con discapacidad en los Estados Unidos. La voluntad eugenésica que marca la necesidad productiva del capitalismo nos inunda a todos sin que lleguemos siquiera a ser conscientes. Pondré dos ejemplos muy claros y actuales: uno es el supuesto del aborto en caso de malformación del feto, otro es la eutanasia, ambos nunca cuestionados desde la izquierda. Estoy completamente a favor del aborto libre. Esto quiere decir que las mujeres son dueñas de sus cuerpos y no deben tener que dar explicaciones acerca de los motivos que las conducen a querer interrumpir un embarazo; pero limitar el aborto y permitirlo en caso de que el feto tenga alguna “malformación” es toda una declaración ideológica y de principios sobre el valor que el Estado, la sociedad, otorga a las personas que tengan una “deficiencia”. Envía a estas personas y a toda la sociedad el mensaje claro de que estas personas valen menos que las demás, desde el momento en que esos fetos valen menos que los fetos “normales”.
Sobre la eutanasia se puede decir lo mismo. Estoy a favor de la libertad de cualquier ser humano para decidir cuando quiere o necesita dar fin a su vida; los motivos son personales y valiosos en todos los casos. Lo que no se puede es aceptar el permanente mensaje que nos llega sin oposición, desde los medios, las asociaciones, los partidos… de que enfermedad grave es igual a indignidad. La vida humana vale siempre lo mismo y es igual de digna se esté más o menos enfermo o discapacitado. ¿Por qué una persona inmovilizada lleva una vida indigna? Una persona inmovilizada puede ser bondadosa, inteligente, creativa, cariñosa, simpática, generosa, amable, empática; una persona físicamente perfecta puede ser malvado, cruel, egoísta, egocéntrico… ¿Qué perversa ideología nos lleva a considerar que este segundo es más digno que aquel primero que vive en una cama? Comprendo que hay personas que en determinadas situaciones físicas no quieran vivir, pero hay otras que sí y estas segundas tienen todo el derecho a que la sociedad ponga todos los medios necesarios para cubrir sus necesidades. Y no sólo eso, sino que tienen derecho a que su decisión de vivir sea vista con simpatía, no como ocurre en la actualidad, que se da la situación inversa.
Quien decide vivir en circunstancias muy adversas se considera que lo hace por motivos religiosos o morales (claramente desacreditados y deslegitimados socialmente), mientras que quien pide morir es considerado un héroe. La muerte no puede ser la única solución que se ofrezca a las grandes discapacidades. Ya basta de la palabra dignidad aplicada a que uno/a se mueva más o menos. Indirectamente se está aceptando que la vida de una joven guapa es más digna que la de una anciana enferma. Puede ser más feliz o menos dolorosa, pero no es ni más ni menos digna. Por tanto, está claro que no hemos sido capaces de insertar en la conciencia de la sociedad el mensaje de que nuestras vidas tienen pleno sentido, son valiosas y, además, nos gusta vivirlas; de que somos una minoría con derechos civiles, que no somos enfermos ni pacientes y que ni siquiera somos más desgraciados que el común de las personas.
Las personas con discapacidad estamos encerrados no en el discurso del odio, sino en el de la compasión y la tragedia; como mucho en el de la enfermedad. Es relativamente fácil empoderarse política y subjetivamente contra un discurso de odio, pero resulta mucho más complicado hacerlo desde el discurso de la compasión, y mucho más desde la autocompasión. Pero lo cierto es que en muchos casos, la compasión sólo encubre odio o miedo a la diferencia, como es el caso. Pero la discapacidad no es necesariamente una enfermedad, sino una característica más de la persona. Resulta extraordinariamente difícil construirse una identidad social y política en torno a la discapacidad y, sin embargo, es absolutamente imprescindible puesto que la raíz de nuestra opresión es política. Desde la consideración de la discapacidad como algo negativo, sin matices, es muy difícil desarrollar un discurso positivo o “del orgullo”. Y, sin embargo, empoderarse y desarrollar un sentimiento positivo hacia nuestros cuerpos diferentes es la única manera de hacer frente a la opresión. Hanna Arendt dijo que no es posible enfrentarse a los discursos opresivos si no es desde el objeto concreto de la opresión y empoderándose desde ahí. Esto, que resulta evidente en tantas situaciones opresivas, resulta extraordinariamente complicado para nosotros/as. Esos son los problemas, y ante ellos, quiero exponer algunas consideraciones que pueden ayudar a aclarar la cuestión.
La vivencia de la discapacidad es una experiencia tan personal que resulta difícilmente objetivable. Más que de discapacidad debería hablarse de la experiencia personal de la discapacidad, que es necesario concienciar para poder después objetivar. En ese sentido, mi experiencia personal es extraña y ambivalente. Siendo lesbiana, me costó mucho salir del armario de la discapacidad. De hecho, no conseguí salir de ese armario hasta que, gracias a las herramientas adquiridas en la lucha contra la lesbofobia (gracias a la enorme capacidad para aumentar la resiliencia que tiene el activismo político), fui capaz de entender y desmontar el discurso de la discapacidad como déficit. Antes no podía hacerlo. ¿Cómo enfrentarme a algo, profundamente negativo, que me dicen que soy, pero que no siento que soy? ¿Cómo encontrar a otras personas como yo si he aprendido a ver a los demás tal y como me han enseñado, es decir, como enfermos, personas limitadas, desgraciadas? ¿Cómo empoderarme desde una posición que me inferioriza pero cuya estructura de opresión no comprendo, y ni siquiera percibo?
Lo primero es desligar la idea de la discapacidad de la de enfermedad o tragedia personal. Yo no conseguía verme como discapacitada porque no podía reconocerme en ninguna de las características asociadas a la discapacidad. Para entenderlo rápidamente: yo no noto que me pase nada, no tengo ningún dolor, no estoy enferma, no empeoro, no he estado nunca en otra situación. Simplemente, soy así. Yo no noto que ando distinto, lo notan los que me ven desde fuera. En realidad, desde mi punto de vista, no me pasa nada; lo único que me pasa es lo que los demás me dicen que me pasa. Un negro sólo se ve negro cuando se encuentra con los blancos, que además le señalan como distinto.
Una de las preguntas que más veces tenemos que contestar las personas con discapacidad es: “¿Qué te pasa?” Y es una pregunta que nos suele molestar mucho, aunque soy consciente de que no se hace con mala intención. Si nos molesta es porque si dijéramos la verdad nuestra respuesta sería “Nada”. Solemos hacer bromas sobre las diferentes respuestas que damos a esta pregunta. En lo que a mí respecta, de niña siempre respondía: “Me atropelló un tractor” provocando el desconcierto en la persona que me había preguntado. Ya de adulta suelo responder a la misma pregunta con un “Nada, soy así”, aunque procuro sonreír mientras lo digo para que se note que mi intención no es la de molestar o incomodar. Lo cierto es que esa pregunta nos obliga a ponernos en una casilla en la que no queremos entrar, se nos obliga a autoclasificarnos en una clasificación que no reconocemos.
La discapacidad puede ser una tragedia, como cualquier otra circunstancia de la vida, pero puede perfectamente no serlo. ¿Se puede estar orgulloso de tener una discapacidad? En mi camino hacia mi propio empoderamiento personal me resultó extraordinariamente valioso conocer a la comunidad sorda que defiende su diferencia desde el orgullo y una subcultura propia. Entedemos aquí, naturalmente, orgullo como autoestima o, incluso, una autoestima más desarrollada de lo normal en tanto que es necesaria para enfrentarse a los múltiples discursos opresivos que cada día, desde tantas instancias, pretenden hundirnos en la nada. Es en ese sentido en el que usamos la palabra orgullo: orgullo para levantarse cada día sobre la exclusión, sobre las cotidianas humillaciones, sobre el insulto, la injuria, la lesbofobia, el sexismo, los permanentes intentos de infantilizarnos, de invisibilizarnos, de minorizarnos…
Se trata entonces de cambiar la sociedad de manera que se adapte a nuestras necesidades específicas para que alcancemos la plena ciudadanía de la que en la actualidad estamos privados. Pero no se trata sólo de cambiar los edificios, sino que es el concepto entero que la sociedad actual tiene de las personas lo que hay que cambiar. La felicidad es un concepto subjetivo que viene determinado por la percepción que cada individuo tiene de sus circunstancias, no de cómo son éstas “objetivamente”, (objetivamente ¿para quién?) es decir, desde fuera, desde la posición mayoritaria, desde el lugar de la norma, del Uno. No todas las personas discapacitadas querríamos dejar de serlo, aunque éste quizá es el punto más complejo y que necesitaría una mayor explicación. Baste decir que yo no me cambiaría por nadie. Creo sinceramente que mi discapacidad ha hecho de mí la mujer que soy y me gusta como soy y vivo agusto con lo que soy, mi cuerpo incluido. Opino que estar en los márgenes es, en parte, un privilegio que te da un mayor sentido de la justicia y de la ética, de la solidaridad y de la resistencia. Creo que tener que vivir y levantarse desde el margen te hace más fuerte y valiosa en tanto que proporciona una impagable experiencia de lucha por la justicia y por la autovalorización que al mismo tiempo que nos fortalece como personas, pone en nuestras manos capacidades y herramientas muy útiles en muchos otros aspectos de la vida. Creo que nuestra experiencia es aprovechable en muchos sentidos pero especialmente en la lucha por construir una sociedad más justa y más integradora y creo que esta experiencia puede enseñarse y transmitirse. Finalmente, únicamente se trata de si creemos de verdad o no que la diferencia es un valor social y que ser iguales no significa ser idénticos.


Del blog de Beatriz Gimeno.

martes, 18 de diciembre de 2012

MIS MEJORES DESEOS



Os deseo una Navidad llena de calidez, paz y momentos entrañables y que el 2013 venga repleto de parabienes, ánimo y fuerza para seguir luchando por nuestros Derechos, esos que, si no se defienden, se pierden.
Un Fraternal Abrazo

                   Trini Recio

martes, 27 de noviembre de 2012

EL MISTERIO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD EN EL MUNDO DE LA DISCAPACIDAD



Por Mª Ángeles Sierra.
Pese a que me gusta más ideológicamente el término diversidad funcional para definir a lo que conocemos como personas con discapacidad porque no es un término peyorativo hoy y para que se me entienda, no tengo ganas de andarme con eufemismos.
Me pregunto una y otra vez si las personas con discapacidad y sus familias, vamos a salir indemnes de esta lamentable crisis económica, o mejor dicho, estafa financiera y política, y por más que intento ser optimista, no encuentro la manera. Tal vez este artículo no pretenda ser más que la manifestación de cómo muchos de nosotros vivimos estas realidades para que todos tomemos conciencia y de ahí intentemos poner al menos un freno a esta sinrazón, que está devorando la vida de muchos de nosotros.
Es tal el entramado existente, el desconocimiento social y la desunión de nuestros colectivos, que llegar a un punto de alcanzar soluciones que podrían y deberían de ser eficientes y fáciles de desarrollar, no va a resultar nada sencillo.
La mayoría de ciudadanos ajenos a estas realidades, piensan o creen o prefieren pensar o creer, que durante muchos años hemos ido evolucionando en la buena dirección y en parte tienen razón en pensar de esa manera ante un problema que les es ajeno y con el que se solidarizan, después de las ficticias y costosísimas campañas publicitarias que se han ido realizando a lo largo de los años, en detrimento en la mayoría de las ocasiones de invertir esas cantidades en nuestras necesidades más perentorias.
Para entender esta realidad, es preciso que sepamos que el grueso de las personas con discapacidad en España, le componemos cuatro millones de personas y que no todas las discapacidades son iguales, ni similares, ni mucho menos uniformes, por lo que podríamos partir de una base construida ya desde un concepto equivocado tan sencillo como que a cada uno nos duele lo nuestro y desconocemos los dolores de nuestros compañeros, que como al resto de la sociedad nos resultan ajenos.
Con este precepto o caldo de cultivo, empieza a ser más fácil comprender lo que está pasando.
Las discapacidades, se dividen así desde el principio en tres grandes grupos que a su vez se subdividen conforme a sus características en otros subgrupos, muchos de los cuales, por desconocimiento y falta de voluntad sobre todo política gravitan en el limbo de lo intocable quedando así más o menos el esquema para que los inexpertos en la materia puedan comprender de un modo sencillo lo que pretendo explicar.
*Físicas:
* Orgánicas
Renales, coronarias, hepáticas, Sida, etc.
* Motóricas
-Tetraplejias, Paraplejias, Polio, Parálisis Cerebral, acondroplasia, etc. (son las más visibles)
* Enfermedades raras. Son esas extrañas desconocidas que toca a un ínfimo numero de población en lo que a su enfermedad se refiere, pero amplio en cuanto a existencia de estas enfermedades, en su mayoría niños que mueren de forma prematura porque nadie quiere saber de ellos, ni el sistema sanitario, ni mucho menos el social porque por mucho que nos lo pinten verde en este país ni ha existido sistema social, ni ahora mucho menos existe.
*Intelectuales:
Intelectuales propiamente dichas anteriormente denominadas psíquicas:
- Borderline, Sindrome de Down, etc…
· Mentales que aunque las incluyo aquí constituyen ya un cuarto grupo en lo que a representación se refiere y las constituyen a su vez un amplio abanico de psicopatologías de las que todos hemos oído hablar, síndrome maniaco depresivo, trastorno bipolar y un sinfín de etc., Este es uno de los colectivos más estigmatizados de todos junto con
* El trastorno de Espectro Autista y sus múltiples variedades que se encuentra encajado aquí porque no sabían donde encajarle
* Sensoriales:
* Sorderas
* Cegueras
* Sordo cegueras
Visto así, a pesar del “ladrillazo” que consideraba necesario ofrecer a los lectores, que deseo sean muchos, -y no para que me sigan con criterios egocéntricos sino para que puedan entender nuestras crudas realidades-, es fácil comprender la división y el desconocimiento de los que antes hablaba y del por qué opino que a cada uno le duele lo suyo pese a que a todos nos den por el mismo lado y de ese principio se aprovechan.
Plasmado esto, es fácil comprender que existan en España más de 7000 asociaciones de personas con discapacidad, lo que significaría numéricamente, no en términos reales, que tocamos a una asociación por cada 571 personas con discapacidad, pero la realidad es que la mayoría de nosotros no estamos asociados porque el movimiento asociativo presenta una serie de facetas que difícilmente nos llevan a dar con la solución de nuestros problemas, que es en definitiva lo que nosotros pretendemos y nos encontramos con que, cuando no es un movimiento asociativo precario e incluso me atrevería a decir que en muchas ocasiones aunque de buena voluntad, ignorante , es un movimiento asociativo pervertido por los poderes del Estado y a su servicio, que más se mueve en nuestra contra como tapadera de gobiernos e instituciones administrativas y de una forma económicamente interesada convertido prácticamente en una especie de filial administrativa, dispuesto a convencer a la sociedad de que lo nuestro es un problema menor controlado, -cuando por activa o por pasiva, nos alcanza a todos-, a cambio de recibir favores, prebendas, negocios y exquisitas cuantías económicas que se desvían a fundaciones, sectores empresariales, etc., Basta decir que el 75% de los servicios sociales que se dan en España recaen en manos privadas y de éstas manos privadas un 85% son procedentes del movimiento asociativo.
Estas 7000 asociaciones, al igual que los grupos de discapacidad y más o menos con los mismos criterios que acabo de exponer componen grandes núcleos de federaciones de personas con discapacidad, física, intelectual, mental y sensorial que dicen representar cada una a su parte de asociaciones en que las nosotros como personas una inmensa mayoría no estamos militando por lo que también numéricamente 7000 asociaciones para cuatro sectores , significaría que cada uno de estos sectores representaría a 1750 asociaciones, lo que triplica sobradamente la cantidad presupuesta de personas con discapacidad por cada asociación, que ni siquiera, insisto, estamos asociados.
Y a partir de aquí, sufridos lectores, estos cuatro sectores a cuyo frente siempre hay serviles y traidores mandatarios que en su ascenso nos han ido olvidando, como el propio actual Director General de Políticas de Discapacidad, que de estos entramados procede, acontece el milagro de la creación, cual si de la Santísima Trinidad se tratara de erigirse en una única voz denominada CERMI, auspiciada y prácticamente en su totalidad, dirigida por uno de los poderes fácticos, además de intocable, del mundo de la discapacidad denominado ONCE que por vía tanto directa como indirecta maneja todo el grueso económico que se invierte en la discapacidad en España. Esta realidad, cuanto menos, es escalofriante.
Estas y no otras son las realidades que obstaculizan la solución de nuestros problemas, tan sencillos de resolver como dando ayudas compensatorias en la igualdad de oportunidades y sobre todo, directas, para lo que es condición indispensable que previamente cada uno de nosotros tomemos sobre esta realidad, partiendo del conocimiento, una muy seria toma de conciencia.
Valladolid 1 de noviembre de 2012

lunes, 26 de noviembre de 2012

APOYO A Fatima

Fatima Zahra una chica marroquí de 26 años

Nacida en Casablanca(Marruecos)

A los 9 años enferma sin conocer la causar y sin saber tratamiento.
A partir de los 10 años empeora. Con fiebre hasta 41 grados ,dolores abdominales severos de día y de noche, diarreas, pérdida de peso que le obligan a suspender las clases.
Los médicos solo sabían darles calmantes que no hacía efecto.
Le diagnosticaron tuberculosis
A los 14 años toma la decisión de viajar a París para intentar saber qué le ocurre
Su madre es despedida de su trabajo de profesora de árabe cuando toma la decisión de acompañar a su hija a Francia
Con 14 años le diagnostica la Enfermedad de Crohn en Francia.
Vuelve a Marruecos al no poder afrontar los gastos del tratamiento
Con 15 pesa 15 kilogramos y 1'26 centímetros
Al diagnosticar la enfermedad muy tarde se ha agravado la misma e imposibilita un tratamiento de hormona de crecimiento
La enfermedad va empeorando al no tener el tratamiento adecuado.por falta de dinero.
Tardan seis meses en Marruecos en resolver los trámites burocráticos para que pueda recibir el tratamiento adecuado en Europa.
Fátima vuelve a Francia a recibir el tratamiento ,estando 7 meses ingresada en el Hospital Infantil de Armand Trousseau en París.
El tratamiento por vía intravenosa. Sin comer durante 4 meses.
Después de ganar 15 kilos(ahora pesa 30 kilos) y 10 centímetros(ahora mide 1,36) se le practican 3 operaciones en un mes(dos en una semana)
Con lo que por primera vez en los últimos siete años tiene una vida más o menos normalizada
Vuelve a Marruecos con un tratamiento y una dieta blanda.
A volver a Marruecos no encuentra los medicamentos que necesita por lo cual tenía que mandarlo una ONG cada mes
Cuando vuelve ,en el 2001, encuentra a su hermanos menor con los mismos síntomas.
Vuelve a Francia en 2003 imaginando que su hermano Mohamed tiene la misma enfermedad
Lo ingresa y le tratan el Crohn y directamente le aplican el tratamiento.
No pueden volver a Marruecos porque necesitan un seguimiento continuo.
Les buscan una familia de acogida